Sucesos históricos. 1856, terror en Almayate

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escopetaEl paso por prisión de los hermanos Pardo Martín, por el asesinato de un guardia rural de Vélez Málaga que apareció con la cabeza cortada el 31 de diciembre de 1856, hizo que acrecentara aun más el odio y el rencor que ambos sentían.

El destino y, en este caso, también la inconsciencia, quisieron dar una nueva oportunidad de libertad a José y Antonio Felipe, saliendo anticipadamente de presidio al ser indultados más de once años después. Se demostró que fue un tremendo error, pues decidieron tomar venganza. Y de qué manera…

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A los pocos días en libertad, en el partido rural de Almayate, localidad donde habitaban, amenazaron a un hombre apellidado Lara. Este señor, que debía conocer bien a los hermanos Pardo, huyó de su hogar esa misma noche, y al no encontrarlo los expresidiarios, se desfogaron arremetiendo contra su vivienda, incendiándola.

Luego, sus puntos de mira se detuvieron en Francisco Domínguez, arrancándoles todo el sarmiento de su trabajada viña. Pero ese fue un mínimo comienzo, ya que unos días después, en la madrugada del 2 de mayo de 1868, entraron en su lagar abriendo la puerta de un disparo. Mientras José se mantenía fuera, Antonio Felipe entró al mismo tiempo que escuchaba las palabras de su hermano: “que no se te escapen ni las ratas”.

Francisco Domínguez, al escuchar el disparo anteriormente mencionado, cogió su arma y empezó a disparar contra los asaltantes, con la mala fortuna de no herirlos. Sin más munición, saltó desde la ventana, que tal como narran las viejas crónicas, estaba a una altura de siete varas, hacia el exterior, dando gritos de auxilio mientras corría dirección a Vélez Málaga.

La primera persona contra la que arremetió Antonio Felipe Pardo en la casa asaltada, fue un joven de Alcaucín que dormía con su reciente esposa. Mientras ella huía, el criminal le decía al joven que iluminara la habitación, pero al negarse (se supone para que su mujer ganara tiempo en su fuga) recibió algunas puñaladas de una navaja que tenía el asaltante. Una vez que accedió a encender la luz con un candil, observó cómo el criminal mataba a una hija de Francisco Domínguez, de tan solo once años de edad. Al intuir el triste desenlace de la situación, el joven tiró al suelo el candil y huyó por una puerta trasera, la misma por la que se fue su mujer.

Antonio Felipe no se puso nervioso, y sin importarles aparentemente los que huían, mató cruelmente a la esposa de Francisco Domínguez y a otros dos hijos de ambos, una niña de cinco años de edad y un bebé que estaba en su cuna. Una vez que salió de casa el asesino, la incendiaron quedando carbonizados los cuerpos sin vida.

La hija mayor de la familia pudo salvarse esa noche, sobreviviendo a las quince puñaladas que recibió, pero fueron tan graves las heridas sufridas que murió al día siguiente. Antes de fallecer pudo declarar todos los horrorosos hechos que se produjeron. Igual suerte corrió el joven de Alcaucín, que murió en Vélez Málaga por las heridas de arma blanca recibidas en aquella fatídica noche. Francisco Domínguez, que consiguió salvarse, tuvo que ser ingresado a consecuencia de las dolencias que tenía por la caída de la ventana cuando huía, pero seguramente los dolores físicos no eran mayores que los de su alma, al quedarse privado, tan cruelmente, de lo que más quería: su familia.

Fue tal la consternación que sufrieron los labradores de los alrededores que permanecían en sus haciendas del campo, que la mayoría de ellos las abandonaron temporalmente para refugiarse en Vélez Málaga hasta que fueran capturados los criminales, los cuales huyeron con una mula que había en el trágico lugar de los hechos.

Tanto la Guardia Civil como la Guardia Rural se dispusieron a la captura de los dos hermanos, desplegando la mayor actividad posible, y aun así pasaron varios días hasta que fueron capturados en Ciudad Real. José Pardo Martín, intuyendo lo que le esperaba, se suicidó aun estando amarrado con grilletes y cuerdas. Antonio Felipe Pardo Martín no quiso acabar con su vida con tan drástica decisión, pero su destino no iba a ser mejor.

La justicia dictaminó que el criminal acabaría su existencia en el garrote vil, ajusticiamiento llevado a cabo el 30 de junio de 1868. Estas fueron sus palabras sobre los asesinatos que cometió: “Llegué de presidio animado de un espíritu de conciliación y que solo buscaba el descanso en el hogar doméstico; pero que así como una negra nube oscurece la pura luz del sol, las calificaciones de incendiario y criminal que me aplicaban mis enemigos oscurecieron la luz de mi inteligencia sumiéndose en las tinieblas del crimen”.

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Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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