Remiendos de amor

corazon remendado marley 28 sep 2014Ayer me consultó María, una señora de 65 años que vive en un pueblo del interior, si su pareja con la que lleva más de cinco años por fin se iba a decidir a compartir casa. Qué poquito pedía: ni compromiso, ni matrimonio, tampoco cuentas corrientes conjuntas; la ceremonia donde se dice “hasta que la muerte os separe” ha perdido valor.

Me salía negativo, el señor aparecía enganchado a los chat de Internet, a intercambiar palabras vacías con una foto de vaya usted a saber de quién… María asintió y, con un sentido del humor muy andaluz, me dijo: “Ya lo sé, se pone con la Tableta mientras yo estoy frente el portátil y cuando sale lo bloquea; se cree éste que no sé las tonterías que le dice a unas y otras… ¿Dónde va este viejo pellejo con dos infartos y un asma que no le deja vivir?”

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¡Ay! Tras un rato de risas por la reacción de ella, traté de enfocar el tema de una forma práctica. Pero ella era consciente que al “viejo pellejo” le gusta ir a la capital, pasear por la playa, grabar vídeos de las olas para, a posteriori, mandárselos a María…

Darle un ultimátum no iba a servir de nada, porque era tan orgulloso que no la llamaba. Eso sí, cuando ella, dada a la soledad y al aburrimiento, echaba mano de él, éste aparecía ipso facto, contentísimo, como si no hubiese pasado ni el tiempo ni la discusión. María era consciente de que su único camino pasaba por la resignación, por dejarlo ir y venir; a fin de cuentas no la olvidaba, le mandaba vídeos y hasta mensajitos… ¡Dichosos móviles!

No recuerdo el nombre de la protagonista de la siguiente historia, sólo la tristeza que dejó en mi alma. Con 37 años conoció en la autoescuela donde trabajaba a un señor muy apuesto que se había acercado a coger información para un familiar. Él comenzó a frecuentarla, a invitarla a cenar, a salir… Hasta que hoy, 22 años más tarde, ella trabaja para él como asistenta, con la libertad de horario (manda huevos), y mientras él sale y entra con sus amistades ella le plancha y asiste triste, silente y expectante a ver la vida que ha aceptado tirar por la borda. Jamás le pidió nada, jamás le reprocho nada y, sencillamente, jamás recibió nada. Hoy, con 57 años, ha perdido la fe, la ilusión y media vida, esperando que él despertara y se diera cuenta, esperando a que la valorara o sencillamente a que de ella se enamorara.

Las historias de casados infelices que buscan refugio en brazos de terceros sinceramente me superan. No las entiendo, no las comparto ni las acepto. Cuando el damnificado de turno trata de justificar al infiel le digo que “nasti de plasti”. Rompí mi vida perfecta por ser coherente con mis sentimientos; no podía vivir ni un minuto más junto al padre de mis hijos, porque sencillamente no lo amaba y, por el cariño que le tenía, consideraba que se merecía algo mejor, encontrar a alguien que le diese ese amor que a mí se me agotó. Mantener un matrimonio de cara a la galería es un acto de egoísmo y cobardía.

Y no quiero entrar en las circunstancias ni en dificultades que nos limitan a seguir viviendo una vida insulsa. Una relación, un vínculo sin amor, no tiene sentido; lo demás sobra.

¿Son remiendos de amor lo que estás dispuesta a recibir? ¿Un beso rápido, una caricia, dos empujones y tres “aghhh”?

No sé tú, pero yo quiero compartir una película, la mantita en el sofá, que me abrace cuando tengo frío; quiero pasear cada noche junto al mar, compartir un día de cine, ir al teatro, visitar una exposición… En definitiva, mirarle con amor y sentir el calor de su piel. Que me diga mil veces te quiero, una notita con nuestras iniciales dentro de un corazón; detalles que hagan latir con fuerza a mi corazón. Un compromiso y un “estoy y estaré junto a ti mientras el amor perdure”.

 

“Que todas las noches sean noches de luna, que todas las lunas sean lunas de miel”

@Cristina Marley

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Victoria Contreras
Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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