Ni fueron felices ni comieron perdices

mundialbasketMal acaba quien mal empieza.

Resumen sucinto pero con una elevada concentración de contundencia y realidad. Y es que no es recomendable, en modo alguno, digerir esta frase de manera ortodoxa, mejor abordarla en pequeñas dosis sin querer abarcar toda la verdad y con una infusión de menta poleo a ser posible.

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Permítanme explicarles, ya que si situamos nuestros recuerdos en los primeros días del campeonato nuestros pensamientos nos deleitarán con una Selección que brillaba con su juego e ilusionaba a la audiencia, es decir, nada de lo que preocuparse a priori. No fue el equipo quien erró en su comienzo, el foco hay que situarlo en dirección al grupo de comunicación encargado de representar en imágenes digitales un campeonato que se celebraba en nuestro país y que bien merecía un despliegue digno de un espectáculo como es el baloncesto: partidos sin televisar, ausencia de programas de análisis y resumen de cada jornada, nula cobertura de los informativos, escasa promoción, etc. Desafortunadamente no se respiraba baloncesto en nuestros televisores y aunque el grupo de comunicación responsable de la cobertura del mundial rectificó a mitad del camino y amplió el número de partidos televisados, no fue suficiente para recrear lo vivido en el último europeo, por ejemplo. El mundial pasó pero no sembró.

Y es que esa desidia y desdén de un medio de comunicación no tenían permiso para ser los protagonistas de un campeonato, ya que realmente ese papel estaba consagrado a otros actores.

Y es cierto que España comenzó bien, los resultados así lo atestiguaban; pero esa capa de gloria encubría ciertos síntomas que si bien en plena vorágine alcista no dejarían de ser leves señales de una enfermedad latente, ante una leve desviación de la tendencia se convertirían en graves máculas derivando en una enfermedad terminal. Sin embargo, nadie podía presagiar que un equipo conjuntado tanto dentro como fuera de la cancha y reforzado con el paso del tiempo, un equipo que tomaba este mundial como una despedida de una generación de oro, un equipo que ponía un punto y final a una bella historia en su propio país, un equipo que era la única selección sin bajas… pudiera hacer ciertos los peores pronósticos. Porque si tenemos que ser realistas, esta selección solo tenía un rival, EEUU, un conjunto ligeramente superior; los demás, en su mayoría, no dejaban de ser proyectos en plena transición y con un listado de bajas realmente desalentador para el espectáculo.

Cierto también es que ese punto de inflexión hacia la decadencia se plasmó en presencia del espectador en el partido de cuartos de final ante la campeona de Europa, Francia. Pero sería un error pensar que algo exclusivamente puntual sucedió en ese partido que nos impidió seguir el camino soñado por todos. Realmente habría que remontarse al Europeo de Eslovenia cuando España dejó un sabor agridulce bajo el ideario de que se afrontaba el campeonato como un periodo de transición debido a las bajas de ciertos jugadores importantes. La excusa no podía dejar de ser un intento fútil para esconder la pobre imagen que había dejado el equipo cuando estaba conformado por los mejores jugadores del campeonato. Un error compuesto de múltiples errores que tenían, en su mayoría, como origen al propio entrenador. Este estratega, sin apenas experiencia al más alto nivel no supo plasmar un espíritu de lucha, de solidez y de orden en el juego español, que no atinó al situar a un base puro como Calderón en el puesto de escolta, que sobrecargó de responsabilidad el juego interior, que no supo marcar el camino a un Sergio Rodríguez en ciertos momentos desbocado y que hizo de España un equipo acomplejado de sus ausencias y con un juego totalmente previsible.

Pero no dejó estigma alguno ni en la selección ni en el propio entrenador ya que todos miraban más allá del presente y todo quedaba ligeramente justificado. Ya vendrá la época de vacas gordas y todo quedará olvidado.

Y así se llegó al mundial, un torneo que no pasaba de dos equipos en las mentes de los españoles y con un pase directo a la final con todos los honores. Pero la realidad era bien diferente ya que detrás del estilete del juego interior ciertos síntomas acechaban el frágil equilibrio que imperaba sobre la cancha: falta de conjunción entre el juego interior y el exterior, escasa aportación de los jugadores de perímetro, ausencia de mando en la posición de base debido a los mismos problemas del europeo, desquiciamiento de jugadores que apenas jugaban y de otros que disfrutando de minutos en pista apenas tenían relevancia en el sistema ofensivo, etc.

Esta lista está íntimamente relacionada con la gestión del entrenador que en mi opinión no fue óptima al limitarse a explotar la autogestión de un equipo, que si otrora fue el mayor valor de esta generación, la edad de muchas de las estrellas a día de hoy obliga a establecer un sistema táctico más rígido, pero posiblemente ni jugadores ni entrenador consideraron oportuno hacer esos cambios en el último capítulo. Posiblemente un giro inesperado del guión a modo de final sorpresa hubiese tenido, posiblemente, un resultado más positivo.

Sin embargo, detrás de este desorden en la gestión de los recursos y de la política del “dejarse llevar”, no justifica lo ocurrido el 10 de septiembre. Aquello no fue obra de un solo autor, porque tal delito a las esperanzas, ilusiones, a la historia del baloncesto español, no pudo ser responsabilidad de una única figura: sobre la cancha, los coautores, cada uno sabrá la porción de responsabilidad que cada uno mereció ese día. No hay más que ver los números que reflejan incongruencias con la lógica estadística ante un rival, que nos ganó hace un año con su plantilla al completo y que repitió resultado con media plantilla de estrellas; curioso que para ellos la ausencia de sus mejores jugadores no suponga periodo de transición alguno.

Y en esta fase de estupefacción colectiva, un equipo de jóvenes serbios obtiene el premio en forma de Final con un lema resonando en sus oídos y procedente de las mejores palabras que el seleccionador español haya dicho: “el respeto hay que ganárselo en la cancha”. Dedicadas en origen a Djordjevic y que bien podía habérselas dedicado a él mismo y a sus jugadores.

Lógicamente la final no tuvo mucha historia, EEUU ganó a base de trabajo y humildad. Una selección hecha bajo las circunstancias de las continuas bajas, pero que en su reconstrucción quedó un equipo especializado en derribar sistemas defensivos europeos. Sin más, pocas opciones dejaban y menos aun con un base, para sorpresa de todos, perfectamente adaptado al juego FIBA: Irving, que tomó el relevo de Carmelo Anthony.

Así acabó el mundial de España, un campeonato con tonos ocres y estado apocado por las crueles despedidas a dos selecciones de oro como Argentina y España, una lista de bajas que ni el Holocausto, una final sin emoción y sin cuartel, un pobre seguimiento de los medios y unas retransmisiones de dudosa calidad.

Después de este mundial y la lógica dimisión de Orenga, solo queda hacer reflexión, pero no sobre los jugadores que deberán ir a las próximas citas, sino del panorama que se presenta con la retirada de famosa generación de oro. Hay muy pocos jugadores jóvenes que despunten realmente y todo apunta a una nueva etapa de sufrimiento y mucha lucha para optar a los mayores éxitos. Hay que reflexionar, hay que fijar una hoja de ruta para potenciar la cantera, hay que sacar talento y no solo jugadores de discutible calidad. Es importante crear un plan de desarrollo continuado de los jóvenes para que el salto a una liga profesional no sea tan perjudicial. Deben formarse bajo un sistema organizado con un grado elevado de competitividad. Es la única manera de mejorar la calidad de la cantera española.

Es una pena que el punto final a esta exitosa generación haya sido este, no merecían esto… o sí, porque fueron ellos los presentes el 10 de septiembre, ellos estaban citados a pie de pista y ellos estaban arropados por un entrenador cuyo perfil aprobaron. Es posible que obtuvieran lo que merecieron. Aunque una cosa es cierta, fue una pena…

No obstante, si la historia no tuvo un final feliz, ¿será porque aún no terminó?

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Victoria Contreras
Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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