LAS ÚLTIMAS HORAS DE VIDA DEL ASESINO DEL CRIMEN DE ALMAYATE (III)

cuchillosombraEn uno de los artículos publicados en este diario, meses pasado, por el arriba firmante, se trató del tremebundo crimen que realizó en Almayate los hermanos Pardo Martín.

Si recordáis, queridos lectores (buscar por «Sucesos históricos. 1856, terror en Almayate» en el buscador del diario), los criminales fueron capturados. José Pardo Martín, intuyendo lo que le esperaba, se suicidó (extrañamente) aun estando amarrado con grilletes y cuerdas. Antonio Felipe Pardo Martín no quiso acabar con su vida con tan drástica decisión, pero su destino no iba a ser mejor. La justicia dictaminó que el criminal acabaría su existencia en el garrote vil, ajusticiamiento llevado a cabo el 30 de junio de 1868.
Una de las publicaciones más populares de entonces, «Revista Malagueña», recibió tres cartas firmadas como G. de V., que narraban exhaustivamente lo que acaeció en torno al reo en sus últimos días de vida. Sin que sepamos qué tipo de relación tenía, tanto con la justicia como con el reo, aunque se percibe que era estrecha, el firmante decidió dejar constancia de esas horas finales del preso.

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Tercera carta. Vélez Málaga. 30 de junio de 1868

«A las 4 de la tarde volvió a pedir el reo recado de escribir y escribió, o mejor dicho, redactó dos cartas, una para su hijo y otra para el Sr. Sacerdote Diego de la Chica.»
«La carta para su hijo está concebida así:

Querido hijo: ya ves el término fatal que está reservado al que ha dado oído tan solo a las malas pasiones.
Sigue el sendero del bien, escucha con solicitud los saludables consejos de tus maestros; procura educarte en el santo temor de Dios, y ya que tu desgraciado padre es víctima de infortunio, sé tú quién con tus acciones hagas olvidar los males que he causado. Huye de las malas compañías, y si el trato con tu abuela y familia puede serte nocivo, huye también de ella.
Tu protector es Diego de la Chica, ese es el padre que te queda y el que vela por tu porvenir; pero es necesario que tú también te prestes gustoso a recibir una cristiana educación para que puedas ser algún día aceptable a los ojos de Dios y provechoso a tu patria.
Obedece ciegamente a tu protector Diego, a quien deberás esa segunda vida del hombre; la educación, ella te hará conocer tus deberes religiosos y sociales, y te apartará de la senda de los crímenes. Obedece, repito, y con esto me habrás dado el mayor placer que podías darme. Respeta mis consejos que son los de un padre que te quiere mucho, y cuyo pié está tocando el borde de la tumba.
Capilla de Vélez Málaga, 29 de junio de 1868.
Antonio Felipe Pardo Martín.

«A las diez y media de la noche pidió la cena y que ésta se compusiera de un gazpachuelo con dos huevos, un cuartillo de leche y dos dulces. Después de la cena, dijo que quería descansar en su cama, y puesto en paños menores, como en la noche anterior, se acostó y durmió profunda y tranquilamente toda la noche, despertando a las seis de la mañana, saludando al presbítero beneficiado de Sta. María, Sr. Gálvez, diciendo: seguramente V. ha dormido menos que yo, ¿por qué no descansa V. un poco?»
«A continuación pidió vestirse y solicitó le trajeran un lavamanos; se lavó perfectamente, peinándose después con algún esmero. Ya sentado en el sillón que tiene preparado al efecto, pidió un cigarro puro y, tocándose las barbas que tenía algo crecidas exclamó, con bastante naturalidad, y acompañando sus palabras con una afable sonrisa: tengo las barbas como el lugar de Cómpeta, en arrabales, sin embargo me pican mucho; pero la suerte es que poco tienen que picarme, ni aun siquiera el día de hoy.»
«Llamó a los hermanos de la Caridad, haciéndoles presente que desde ayer sabían que él quería para el desayuno de hoy un pollo asado y que a este le aumentara un plato de arroz con leche, uvas y brevas.»
«Reunidos con él algunos señores que le acompañan, exclamó el reo: Dios sabe que mi corazón me pesa de haberle ofendido; todos se enterarán de que soy un modelo de arrepentimiento y contrición, quizá el mayor del siglo.»
«Una hora después del almuerzo subía el ejecutor de la justicia, y después de haberle quitado los pesados grillos que tenía a los pies, operación que él mismo dirigió, díjole estas palabras: hermano mío, ¿me conoce V.?»
«Le contestó Pardo: sí, le conozco de hace diez años. El verdugo prosiguió: yo vengo en nombre de Dios y de la Reina, ¿me perdonas? Le dijo el reo: sí te perdono.»
«En seguida el verdugo le vistió la opa negra y se despidió de él. Pardo le dijo: adiós, hasta dentro de un rato. Ese rato fatal llegó bien pronto.»
«Con ánimo resuelto y a la primera indicación de los Sres. Sacerdotes que lo auxiliaban, tomó el crucifijo en sus manos y emprendió la marcha para el cadalso.»
«En la puerta de la cárcel lo montaron sobre un asno, y ya en el tránsito, como quiera que el animal se detenía con motivo de las pendientes de las calles, el mismo Pardo le espoleaba para hacerle andar.»
«El inmenso gentío que ocupaba todas las avenidas de la carrera fatal, al ver al reo, prorrumpía en amargo llanto, penetrándose de la cristiana resignación de este infeliz.»
«Llegado al patíbulo, subió las escaleras con entereza pero sin arrogancia; se reconcilió con uno de los sacerdote, se dirigió al pueblo y con voz robusta y entonación vigorosa exclamó: hermanos míos, perdonadme todos los males que yo os haya hecho como yo os perdono: rogad a Dios que me acoja en su santa gracia y rezad todos una salve por mí.»
«Antes de sentarse en el banquillo dio un abrazo y un beso a todos los que le acompañaban, incluso al verdugo, al cual regaló dos cigarros puros que había pedido a uno de los hermanos de la Caridad.»
«Puesto en el lugar que la justicia le designara para expiar su crimen, y después de ver con tranquilidad las ligaduras con que el ejecutor lo asegurase, y repitiendo las operaciones que los ministros del altar recitaban, entregó su alma a Dios.»
«Así ha terminado el drama sangriento que tuvo principio en el partido rural de Almayate bajo, en la noche del 2 de mayo del presente año.»
«Antonio Felipe Pardo ha demostrado una entereza y un valor poco comunes. Puesta su Fe en Dios, como frecuentemente nos decía, no le arredraba la idea de la muerte; antes bien, daba gracias a Dios, que había permitido que pudiese morir fortificado con los auxilios de la religión y gozando de sus inefables dulzuras. Sereno, sin arrogancia, ha muerto este desgraciado con visibles muestras de arrepentimiento y contrición, como más de una vez nos dijo que moriría.»
«Dios le haya dado la gloria, y ojala sirva este ejemplar castigo de escarmiento para los que la ceguedad de sus pasiones les lanzan al crimen, y ojala también que no vuelva a verse, no decimos en Málaga, sino en todo el mundo entero, ese fatal banquillo que aun se conserva a despecho de la civilización».

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