La carta

cartaHurgando en un baúl empiezo a sacar recuerdos, papeles, cartas de cuando aún escribía versos de amor. Eran versos sacados del corazón, de ese corazón que late siempre que se quiere de verdad e intentas que no se te escape la mujer de tu vida. Hoy ya no se le escribe a la mujer ni versos de amor, ni cartas, ni nada de nada. Eso se le llamaría una “cursilada”. Y también, ¿por qué no?, podría escribirlos una chica o una mujer más madura.

Cojo otra carta de ese baúl al que me refería antes y leo en el remite: “Cazadores de montaña (Lleida)”. Fue mi destino donde estuve haciendo el servicio militar. Para los más jóvenes aclaro que es ese tiempo que perdimos entre militares cuyo objetivo era conseguir a toda costa enseñarnos a utilizar armas y armamento para cuando España entrara en combate. ¡Malditos inútiles! Algunos, militares y no militares, siguen pensando lo mismo.

En fin, mi carta, como decía, iba destinada a mis padres. No le hablaba de cosas concretas, de cómo era aquello. No quería preocuparles, ya tenían bastante con tenerme a más de mil kilómetros de distancia y de saber de mí solamente por carta. ¡Menos mal que existían las cartas! Les hablaba simplemente de lo que me había dejado atrás: mi pueblo, mis amigos… siempre tan importantes en mi día a día. Les decía que pronto estaríamos juntos para poderlos abrazar. Cuando se está tan lejos, y tan mal, es cuando se echan las cosas de menos.

Son las cartas, pues, cosas, expresión escrita que pasó a la historia. El hombre, la mujer, pierde cada día miles de batallas que le van haciendo más insensible, menos comunicador, más distante. Creemos que las grandes tecnologías son válidas y sirven para todo. Para expresar sentimientos, valores, decir un te quiero…no sirven los móviles, los sms, el twitter… son demasiados fríos, demasiados rápidos, vacíos.

La carta, el ponerte delante de un papel y abrir tu mente para decirle algo a alguien que necesita esa frase en ese momento es algo olvidado porque han venido los grandes inventos para hacernos más cabeza huecas, más idiotas, más ignorantes, qué pasa con la ortografía, qué me cuentas cuando te tiras una hora, incluso más, enganchado a un móvil contando tonterías y posiblemente te veas dentro de un rato con esa misma persona. ¿De qué hablaréis entonces? De nada, ya os habéis dicho todo por móvil y pagando todo lo que había que decir, osea, nada.
Una carta, mi carta son esos sentimientos, esos problemas, esas dudas diarias que no se las puedo contar a nadie y las plasmo en un papel a altas horas de la noche para mandársela a un amigo o amiga que las leerá y seguro que me contesta. Menuda espera. Es como aquél párrafo del Principito cuando el zorro le pregunta: ¿A qué hora vendrás a verme? ¿Para qué quieres saberlo?, pregunta el Principito. Y el zorro le contesta: Porque si vienes a las cuatro, comenzaré a ser feliz desde las tres. Si yo escribo una carta, estaré impaciente mientras recibo la respuesta.

Estamos perdiendo medios de comunicación personales e intransferibles como lo son las cartas. Ya, ya sé que estáis pensando en el menssenger, el Wassp… la palabra escrita en un papel, la carta, el libro, la nota, el posit, eso no es tecnología. A la gente le gusta lo novedoso, lo caro, tener lo que el otro no tiene. Estamos equivocados, nos manejan amigos míos. Yo sigo con mis cartas, por lo menos a mis mejores amigos, a mis novietas, y a los directores de periódicos para que me publiquen este tipo de artículos tan arcaicos como “La carta”.

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