Experiencias únicas

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rebalaje1Era la primera vez que me montaba en una jábega. La experiencia fue única. La mar estaba algo picada, desde tierra daba cierto reparo subir. ¿Me marearía o no? Una vez arriba, traspasados los primeros quince o veinte metros de la orilla, el oleaje se hacía menos pronunciado. Las emociones eran tan fuertes que la sensación de mareo desapareció rápido.

Lo primero que me llamó la atención a bordo de “La Rompeola” fue la camaradería que existe entre los chicos. Aún siendo de diferentes edades daba la sensación de que estaban todos a una, haciendo algo importante, al menos para ellos.

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Había silencio entre los remeros. Concentración y caras de esfuerzo en cada brazada. El secreto estaba en la sincronía milimétrica. Todos los remos debían ir al unísono: entrar, doblar y salir todos a una, como si de una máquina perfectamente engranada se tratara.

El capitán lleva el timón. Da ánimos y corrige cada golpe de remo como si afinara las cuerdas de una guitarra una a una para que el acorde sonara de manera perfecta.

Desde allí dentro el mar se veía con otros ojos y significaba un concepto totalmente distinto. El hombre, la madera y el mar. No hay más. No hay motores, no hay más sonido que el del oleaje y las respiraciones forzadas. No puedo evitar pensar en las primeras civilizaciones, en egipcios, en griegos y romanos. Todos ellos conquistaron los mares a base de esfuerzo físico.

Llegamos al ecuador y las fuerzas empiezan a flaquear. El entrenamiento consiste en resistencia y sincronía, en aprender los cambios de ritmo en los momentos adecuados. Se hace una pequeña pausa, todos sonríen y comentan la hazaña agotados. Beben y se refrescan.
Ahora queda volver. El sol cae y su luz envuelve todo en un halo mágico, casi místico. El entrenador da ánimos para el último esfuerzo. Todos a una. La arrancada es brutal, como un caballo al que azotan para que cabalgue. Las olas nos acompañan y las siluetas de los remeros se ven a contraluz, en una estampa difícil de olvidar.

Llegamos a tierra, la entrada no es sencilla. Hay que batir las olas en una maniobra que requiere atención y destreza. La barca toma la arena, los remeros saltan y son ayudados por compañeros que esperaban con unas tablas que ponen bajo la jábega, una a una, hasta adentrarla lejos de la orilla.

Todos ríen, comentan el recorrido y se abrazan. Algunos se despiden ya. Los más tímidos en silencio, pero con rostros que no pueden ocultar su fascinación por este deporte. Mañana volverán con más ganas e ilusión de seguir entrenando.
Existe algo que flota en el aire mientras navegan. No se puede explicar, no se puede describir. Pero incluso como espectador, allí dentro, pude sentirlo. Ése es el sentido de su esfuerzo. Ni ganar, ni competir. Sentirse respetado dentro de un grupo que une sus fuerzas y se conecta con la fuerza de la naturaleza.

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Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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