El pecado de tocarse en la intimidad

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piedraFaltaron lanzamientos de piedras y escupitajos a la entrada de la Concejala Olvido Hormigo hace unos días en el Ayuntamiento de Los Yébenes, en Toledo.

Las imágenes de los vecinos (supongo que en su mayoría de derechas) enfurecidos, gritando a las puertas del consistorio y propinando insultos como “puta” y “zorra”, me recordaban más a una escena lapidaria árabe que a un país democrático como España. Y es que la España profunda existe.

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El nuestro es un país diferente, exótico… pintoresco.

Aquí se permite robar en las arcas públicas, aceptar regalos caros y trajes de lujo, incluso meter mano a la caja de ayuda a los desempleados sin perder la benevolencia del votante, siempre que éste tenga su ración de paella y de circo (entiéndase circo como fiestas populares y faranduleo).

La ciudadanía no solo lo permite sino que lo refrenda en las urnas. A veces hasta el corrupto se convierte en una especie de “mártir” sacado a hombros por la puerta grande, con sus vítores y frases esperpénticas: “para que roben otros, que roben los nuestros”. No pasa nada. Puedes tener 4 pisos de propiedad en Madrid, ser diputado y cobrar dietas de por “alojamiento” trabajando en la capital de España. Todo se permite. Da igual cuales sean los colores políticos… “arriba todos roban”, dice el populacho.

Robar sí. Pero que no se toquen. Que no cometan actos impuros.

Una mujer, por muy moderna que sea, política o emprendedora, no debe acariciarse en la intimidad de su casa. Eso es de putas y de guarras. Si quiere trabajar que trabaje. Si quiere robar, que robe. Pero el sexo solo debe ser para engendrar, con la luz apagada, en camisón y en la postura del misionero. Da igual si lo hace en el salón de su domicilio o si utiliza su móvil para grabarse jugando (independientemente de que lo haga para su marido o para quien quiera).

Una mujer no puede tocarse, porque es pecado y arderá en el infierno. Aunque esa grabación se haya publicado sin su consentimiento y distribuido por internet con la única intención de humillarla y reírse de ella. Da lo mismo… la culpa es suya.

Afortunadamente legiones de personas (de ambos bandos políticos hay que decir) salieron a su defensa, llevándose las manos a la cabeza ante la inquisitorial caza de brujas que ha pedido su linchamiento. Las redes sociales se volcaron con ella hasta tal punto que desestimó la petición de dimisión que ya tenía escrita sobre la mesa.

Parece que nadie se acuerda ya de aquel video perseguido protagonizado por D. Pedro J. Ramírez, en el que ataviado únicamente por un corpiño rojo con ligueros y nalgas al aire, pedía a una entregada “ama” de color, que le introdujera un falo de plástico por todos sus orificios… y lo pedía con la boca llena.

Aquello (independientemente de las simpatías o rechazos que me provoque este señor) en su día me pareció, por encima de todo, una encerrona y un ataque a su intimidad.

A Pepe Navarro le costó el puesto y la cancelación del programa cuando la policía judicial se presentó en el plató minutos antes de que lo emitiera. Lo que no recuerdo es que nadie fuera a las puertas del diario “El Mundo” a insultar al director de ese periódico, ni a gritarle. Nadie pidió su dimisión y que yo sepa, sigue teniendo el mismo círculo de amistades y el mismo respeto entre sus colegas de profesión. Todo tiene un límite.

Solo espero que después de esta lección cívica que nos ha dado nuestra sociedad, por más que algunos hayan intentado silenciarla, no termine con la concejala en la portada de Interviú, porque de ser así (aun en todo su derecho) habría terminado cayendo en el mismo circo donde están todos los que la criticaron.

Confiemos en que sea capaz de mantener su coherencia y el derecho a su intimidad de una forma seria, sin sacar beneficio económico por ello.

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Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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