El agua fresca de un sueño

bovedaarabeUn cuento de verano debería empezar por la tarde, cuando el sol está a punto de marcharse por entre las ramas del árbol. Luz suave enrejada por la fresca brisa de la sombra. Y sin embargo todo buen sueño empieza un poco más tarde, al anochecer, cuando los grillos huelen a jazmín.

Dormía, o más bien lo intentaba, dando vueltas en una cama blanca, junto a una ventana grande. Era noche calurosa, sopor de agosto. Toda la calle, arbolada, yacía en silencio, pero mis pensamientos sonaban a tumulto en mi cabeza. Quería relajarme, desconectar la mente de ideas sin sentido. Pero no podía.

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Cerraba los ojos y las formas de un sueño llegaban a mis ojos oscuros como imágenes vagas. Nada especial. Muchas ideas.

Entre vueltas en el colchón, y sudor bajo sábanas finas, abrí un momento los ojos y miré hacia la ventana, vi entrar por las cortinas una luz fría, suave y pálida. Entonces, un suspiro del viento me trajo las formas de un sueño.

Era fría, imagen de una mujer. Las gotas caían de su pelo empapado, resbalaban por sus hombros como perlas frente al brillo de la calurosa noche de agosto.

Una bañera antigua, un cuerpo tímido, pelo negro rizado, y la imagen de una silueta labrada en porcelana, empapada de agua fresca.

Apenas atrevida, casi no se movía. Era una chica que miraba con los ojos perdidos hacia un futuro que ella sola creaba.

Yo miraba de lejos, escondido en una esquina oscura de su habitación, como un fantasma errante. Los ecos del romper del mar, las olas lejanas en las rocas adornaban la imagen que la luna dibujaba. Pero no quería acercarme. Me daba miedo romper el cristal de aquel sueño.

Su cuerpo blanco, hablaba de una princesa encarcelada en una jaula de marfil. Había vivido pasiones entre las cuatro paredes de su vida. Siempre escuchando el eco de los posibles besos, mientras solo el agua acariciaba sus sentidos.

Buscando escondites en mis pensamientos, donde guardar los momentos lejanos, allí en la oscuridad, que nadie, sólo una parte de mi pueda encontrar. Y ella había llenado su lugar secreto de agua fresca de verano. Aquel cuerpo casi inerte de mujer, fino y blanco buscaba en su piel mojada los recuerdos anhelados.

Entonces, atreví a levantarme de mi escondite, pero en cuanto abrí los ojos ella se había ido desvanecida en un rayo plateado. Deambulé por la estancia, paredes finas, austeras sin mucho que decir, en medio, la bañera donde ella se había refrescado, y justo enfrente la ventana de celosías. Por donde entraba la noche para iluminar vagamente todo el sueño.

Las noches de verano son lentas, el calor no deja dormir hasta altas horas y yo pensaba, sería aquel un sueño sólo?, o algo más. Volví a vivir aquel sueño. Cada noche, después de entonces, volvía a aquella habitación oscura. La misma bañera, ella rodeada de agua fresca, nada más que las estrellas jugando por las rendijas. Y cuando me acercaba a verla. Se iba, como una imagen que cuanto más pretendes, más se aleja. Parecía que mi mente jugaba conmigo un acertijo de sentidos.

Sin embargo, cuando menos esperaba, una noche, ella volvió, pero no de la misma manera. De pie frente a la ventana, fuera de la ducha, desnuda, pero oculta por la silueta que sólo se veía. Dejó que me acercara hacia ella lentamente, tanto que escuchaba su respiración suave, cadenciosa.

Alcé la vista poco a poco por su espalda, su brazo a medias iluminado, hasta su hombro mojado con perlas de agua. Nervioso, casi temblando la acaricié con mi mano, como si se fuera a asustar conmigo.

Entonces ella volvió la cara hacia mí, mirando al cielo, y me susurró estas únicas palabras.

-” ¿Quieres aprender a volar conmigo?

Continuará…

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Victoria Contreras
Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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