Cuando pierdes el trabajo, la casa, tu familia…te quedas sin “una vida normal”

casaindigenteCristina y Leslek viven desde hace unos meses en una casa abandonada en Rincón de la Victoria donde no hay agua ni luz. Ambos pasan los 40 años y están en desempleo. Tenían una familia, trabajo, vivienda… “una vida normal”, como dice ella, pero las circunstancias personales y la situación de crisis les ha llevado a buscar comida o chatarra en los contenedores por las noches y aceptar la ayuda de Cruz Roja a personas indigentes para asearse cada día y desayunar.

Leslek llegó de Polonia hace 20 años cuando conoció a su mujer. Él era militar y andaba recorriendo el mundo hasta que su hija le dijo que no lo conocía, que no pasaba tiempo en casa y entonces decidió cambiar de oficio y dedicarse a la construcción. La convivencia en casa no funcionada y tiempo después su madre murió y tuvo que volver unos meses a su país de origen para solucionar los problemas de la herencia.

“Mi mujer aprovechó para denunciarme por abandono del hogar, porque yo era infiel, y cuando volví me encontré sin familia y sin trabajo porque pasé cinco meses en Polonia con los papeleos tras la muerte de mis padres”, explica Leslek a quien la vida le cambió de un momento a otro.

“Un albergue no es sitio para vivir”
Ha trabajado sin contrato en el campo de forma esporádica y ha podido ir tirando, como se dice, pero desde hace meses no tiene ningún ingreso y no podía pagar el alquiler, así que se fue a un albergue, pero no le gustaban las condiciones ni sus compañeros. “No se duchan, se drogan, no paran de beber, no es sitio para vivir”. Y entonces supo de esta opción que ofrecía Cruz Roja Rincón para poder asearse y también barajó la idea de irse a vivir con otras personas a una casa abandonada.

Reconoce que le puede el orgullo y que por eso prefiere no pedir ayuda a nadie. “No quiero que me miren por encima del hombro”. Tampoco pide en la calle porque le da vergüenza y no cobra prestación alguna. No siente que se le haya discriminado por ser extranjero en ningún momento y asume su situación con resignación, echando de menos detalles que pueden parecer cotidianos como ver el fútbol en la televisión.

Prefiere seguir así que volver a casa de su madre
Cristina es española y comparte casa desde hace meses con Leslek y otro hombre a los que no conocía anteriormente. “Ellos viven en una parte y yo en otra que está separada. Está bien, la he pintado, he cogido cosas de los contenedores…por la noche nos apañamos con velas e intentamos coger agua en garrafas de algunas fuentes”, comenta esta mujer, que es madre de un hijo que vive en Madrid con su abuela, de donde ella es natural.

Es lo que más echa de menos, su hijo, pero aún así se niega a vivir en casa de su madre porque explica que hace muchos años que se fue y que se ve muy mayor para volver, “prefiero vivir así y solo ir a pasar unos días cuando tengo dinero para el billete de autobús”.

Trabajaba en un negocio de hostelería con el padre de su hijo, pero la relación empezó a ir mal, la situación económica tampoco era la deseada y ella decidió irse y buscar otro trabajo. Ha estado en Sevilla y en Málaga y ha pasado por diferentes empleos, pero cada vez han ido a menos los días trabajados. Hasta que se vio con la necesidad de ir a un albergue a vivir, donde coincide con Leslek en que “no es un buen ambiente el que reina en estos sitios”.

Por eso en cuanto supo que podía alojarse en una casa deshabitada y asearse cada día en Cruz Roja Rincón decidió instalarse en el municipio, donde ha pedido empadronarse y aún espera respuesta. Reconoce que sale por las noches a mirar en los contendores porque durante el día le da vergüenza, al igual que el pedir en la calle y las horas se le hacen eternas sin tener ninguna ocupación.

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