Ciudad subterránea, espejismo vertiginoso

metroEl 11 de noviembre de 2011 debió ser un día histórico para Málaga. La inauguración de las 2 líneas del metro parecía ser el inicio de una nueva etapa para la ciudad. El futuro de Málaga parecía estar aquí. Casi un año más tarde, las obras aún continúan y todo apunta a que ese nuevo capítulo en la larga historia de la ciudad, tendrá que esperar.

Es un lunes soleado. La ciudad despierta. Aunque el otoño llegó hace una semana, se muestra perezoso, sin ganas de mostrarse ni de desnudar los árboles con su viento. ¿Quién diría que es octubre?. Una leve brisa acaricia la piel de unos gigantes centenarios. Los árboles de la Alameda siguen impasibles. El paso del tiempo no parece tener efecto sobre ellos. El tráfico aumenta. Es hora punta. Los coches, camiones, autobuses y algún que otro carro de caballos parecen insignificantes ante los majestuosos álamos. Taxis blancos, autobuses azules… una marea de colores inunda la ciudad. El ritmo es frenético, veloz.

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La ciudad está viva. Corre bajo el compás de una pandilla de gigantes delgados que miran en rojo, ámbar y verde. Un ejército de ejecutivos engalanados con maletín, mujeres elegantes de vestidos sobrios, niños acompañados de sus madres a las que preguntan hacia donde van sumidos en un desconcierto y en la curiosidad infantil y, algún que otro perro recorren el corazón de la ciudad con un ritmo más acelerado si cabe. Ruidos de claxon, de ruedas chocando contra el asfalto, de personas hablando y moviéndose. Málaga respira.

Los pájaros ven la Alameda como una alfombra verde, impenetrable. Sin embargo, hasta ellos se adentran ahí. Un manto de vegetación, personas y máquinas inundan el corazón de Málaga. Los autobuses entran en manada. Están en una gran sabana de asfalto, luces y edificios. Autobuses de toda clase entran en ese manto. Grandes, pequeños, con 4 ruedas, con 8, con 12… de gasolina, de gasoil, eléctricos… y en ellos, cientos de personas que se dirigen de un lugar a otro. Gente frenética. Para ellos, el tiempo si es un elemento contra el que luchar. No hay ni un instante que perder.

Uno de esos “animales” de patas de caucho abandona la Alameda. En su frente lleva tatuado el número 20 y dos palabras “Alameda-Universidad”. Y el animal comienza a correr. El tráfico es denso. La Alameda queda atrás y el autobús sigue su curso por un río de asfalto. La Avenida de Andalucía está llena de navegantes del pavimento que buscan llegar a su destino. Ritmo vertiginoso. La máquina corre cada vez más, a veces se detiene, pero enseguida retoma el camino. Avanza. Y de repente, una gran boca se abre en mitad de ese río grisáceo salpicado de palmeras.

Varias de esas bocas gigantescas salpican la ciudad. El Perchel, El Torcal, Calle Princesa… Parece que el dios Hades esta en Málaga. Esas bocas recuerdan a la entrada al Inframundo. El autobús sigue avanzando y por las ventanas se ven “trenes” compuestos de cientos de hombres con chalecos verdes y cascos cuyas armas son martillos neumáticos y cuyos tanques son camiones y apisonadoras. Algunos de ellos paran, se sientan, comen y charlan. Otros simplemente trabajan. Sus enemigos son el barro, la arena y la piedra. Y continua la batalla. Una “pequeña guerra” que sacude los cimientos de Málaga y que comenzó hace varios años.

Los obreros avanzan, paso a paso, día a día. La ciudad está salpicada de carteles que dicen “Estamos construyendo el futuro de Málaga” Sin duda, es un instrumento para elevar la moral de estos “soldados”. El bullicio de la superficie contrasta con el silencio sepulcral de la ciudad subterránea. Kilómetros de galerías hacen pensar que los obreros que construyen la urbe son parecidos a hormigas.

Las obras siguen su curso, lentas, frías y se alejan del ritmo frenético de la otra Málaga. Esa Málaga verde y colorida, llena de vida bajo la que se encuentra una ciudad subterránea, laberíntica.
Metro de Málaga. Ciudad subterránea. Espejismo de algo vertiginoso. Historia de un futuro que llega lento, pausado, que hace que la ciudad se suma en un presente perpetuo y haga pensar que el futuro es, a veces, algo inalcanzable. Hay trenes, es cierto, algunos son reales, guardados en cocheras con ansias de velocidad, de correr sin pausa. Otros son simples bulos que cada vez que circulan, aumentan sus vagones. Y dirigiendo toda esta ciudad subterránea, se encuentra el jefe de maquinistas, Francisco de la Torre, que observa, inquieto, desde la gran locomotora que conduce Málaga, cómo su proyecto espera en un andén a la espera de ser una realidad puesta en marcha que viaje veloz, sin pausa hacia las estaciones que construirán la nueva Málaga.

Todavía no se ha cerrado este capítulo de la historia de la ciudad. La historia de Málaga se sigue escribiendo desde hace 3000 años en el gran libro del tiempo pero todavía falta mucho para poder cerrar este capítulo y poder escribir a un ritmo veloz con la pluma del destino ese capítulo en el que se narra que esta ciudad está preparada para vivir el futuro. Un futuro brillante que espera ahí adelante, impaciente.

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Victoria Contreras
Periodista con más de siete años de experiencia en medios y comunicación institucional en Málaga y Rincón de la Victoria. Co-fundadora de La Voz de Hoy en septiembre de 2012 con el objetivo de dar un espacio de información, opinión y participación a la ciudadanía. Sin periodismo no hay democracia.

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