Agustín García Calvo

agustingarciacalvoAllí, en una vieja estación de ferrocarril abandonada de su Zamora natal, lo vi por última vez. Estaba solo y hacía mucho frío y niebla, había mucha niebla. El ambiente era espectral aquella madrugada del Día de Todos los Santos a lo que contribuía el parpadeo de la única farola de luz amarillenta. Sentado, junto a su antigua maleta y sobre un banco casi destruido por la carcoma, esperaba con su melena blanca, amplia frente, abalorios sobre el pecho y mirada inteligente y noble Agustín García Calvo.

Agustín, el filósofo, una de las mentes más prodigiosas de los siglos XX-XXI. Probablemente uno de los más grandes cultores de la libertad jamás nacido en este país, en el que la figura de Max Estrella sigue todavía muriendo de rabia y de miseria, autor de aquel entrañable “Libre te quiero”, tan magistralmente interpretado por Amancio Prada o de aquel poema titulado “La cara del que sabe”, ha cogido el último tren hacia el misterio, en silencio, sin alharacas, como corresponde a los grandes.

Los medios de comunicación dieron las noticia, sí, es cierto; pero como a regañadientes (si bien hay excepciones); como despidiendo a desgana a un ser incómodo; como no siendo conscientes de la figura que se aleja; del poeta que se ha ido. Mejor así: siempre fue enemigo del glamour de los poderosos y de la idiotez de las masas.

¡Qué solos nos estamos quedando, queridos Cosme y Alfredo!

Salud y buen viaje, Agustín.

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