Watergate costasoleño (y II)

Tampoco soy Carl Bernstein y ni siquiera me parezco a Dustin Hoffman, pero recuerdo que una noche a última hora en el periódico, justo antes del cierre, necesitaba triple confirmación para publicar al día siguiente mi historia e hice igual que en la película Todos los hombres del presidente; me encerré en una sala con el auricular del teléfono pegado a la oreja y le dije a mi fuente “no te pido que me digas nada, tan sólo voy a contar hasta diez, ¿vale? Voy a contar de cero a diez y si al finalizar aún sigues al otro lado significará que no hay problema en salir con el artículo mañana, ¿de acuerdo?” Oí un “de acuerdo”. Inmediatamente empecé: “Cero, uno, dos, tres, cuatro…” Comprobé que todavía había línea. “Cinco, seis, siete…” Increíble, ¡aún línea! “Ocho… Nueve… ¡Y diez!”. “¿Queda todo claro, no?”, me preguntó la fuente. “Gracias”, contesté yo antes de colgar. Y así fue, de veras que sí, cómo firmé mi mayor exclusiva: el veterano entrenador y querido exfutbolista Ricardo había cerrado de cara a la nueva temporada el fichaje de Ricardito, esperanza de futuro para el equipo del barrio y su hijo de nueve años.

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