La comunicación: lo divino de la humanidad

El 13 de septiembre de 1848 en Vermont, Estados Unidos de América, un hombre llamado Phineas Gage sufrío un infortunado accidente mientras trabaja en la construcción de una vía de ferrocarril. Para ello preparaba detonaciones perforando un agujero en la roca, añadiendo explosivos, un detonador y arena, para terminar compactando esta carga golpeandola con una barra de hierro. Mientras realizaba Phineas esta tarea la barra de hierro al contacto con la roca (seguramente olvidó poner la arena) creó una chispa la cual detonó los explosivos provocando que la barra de hierro atravesase su cráneo «entrando por el lado izquierdo de la cara […] pasando por detrás del ojo izquierdo y saliendo por la parte superior de la cabeza».
Sorprendentemente Phineas no solo sobrevivió al accidente sino que se mantuvo consciente en todo momento. El médico del pueblo más cercano, el doctor Harlow, dejó constancia de su milagrosa evolución y le dió el alta dos meses después. Una
vez reintegrado en su trabajo sus compañeros empezaron a observar cambios en el comportamiento de Phineas; se volvió irregular, irreverente, blasfemo e impaciente.
A veces era obstinado cuando le llevaban la contraria, pero pese a que continuamente estaba pensando en planes futuros “los abandonaba mucho antes de prepararlos”, y era muy bueno a la hora de “encontrar siempre algo que no le convenía”. Esto contrastaba con el hecho de que previamente al accidente era un hombre responsable.
Este caso mostró a la comunidad científica el primir indicio que daría pié a la neurociencia. Los lóbulos frontales se consideraban organos afuncionales y silentes,
sin ningún tipo de relación con el comportamiento humano. Tras el accidente de Phineas se empezó a intraver que aquella barra de hierro la cual le atravesó el cerebro dañó irreversiblemente el lóbulo frontal, alterando aspectos de la personalidad, las emociones y la interacción social. Hoy, casi doscientos años después, la neurociencia se desarrolla en una potencialidad jamás pensada donde incluso se llegan a formular directrices para la ética humana en relación a la neurociencia (Damasio, A. (2003). “Looking for Spinoza: joy, sorrow, and the feeling brain”).
Gracias a la neurociencia podemos decir que lo divino del hombre, la causa de la Historia y el origen de nuestra penas y alegrías residen en la capacidad de comunicación, en la identificación de emociones símiles entre los individuos de una comunidad, en la habilidad de sentir lo que otros sienten y empatizar como una unidad. Y todo ello, amigos, late en nuestro cerebro, alimenta nuestra alma y le da un sentido a nuestro espíritu. Nosotros, los logopedas, tenemos el deber de aumentar ese latido, satisfacer las almas hambrientas con manjares lingüísticos y dotar a los confundidos de herramientas esclarecedoras. Por ello, a 9 de marzo de 2016, le agradezco a Phineas Gage el olvidar el sustrato de arena que impedía la chipsa al golpear la barra de hierro con la roca, hecho que dió origen al desarrollo de la neurociencia.
“Los hombres deben saber que el cerebro es el responsable exclusivo de las alegrías, los placeres, la risa y la diversión, y de la pena, la aflicción, el desaliento y las lamentaciones. Y gracias al cerebro, de manera especial, adquirimos sabiduría y conocimientos, y vemos, oímos y sabemos lo que es repugnante y lo que es bello, lo que es malo y lo que es bueno, lo que es dulce y lo que es insípido.”
Hipócrates (Cos, c.460 a. C. – Tesalia c.370 a.C), considerado “el padre de la medicina”

Compartir
Olga Bermúdez
Logopeda. Forma parte los colectivos AMIRAX, Centro de Fisioterapia Infantil "Poquito a Poco" y "Centro Psicopedagógico AS" en Málaga y Marbella.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here