‘AMELIE’ y esas películas que te hacen más feliz

Una película te puede hacer más feliz, eso está claro. Si usted, querido lector o lectora, piensa lo contrario, por favor, no continúe leyendo este artículo. Eso probablemente, y disculpe que lo diga, significará que usted no es un soñador. Y como se dice en la película: «Son tiempos difíciles para los soñadores.»

Sí, estoy hablando de Amelie, esa película francesa de la que la mayoría de las personas se quedan con tres cosas: los ambientes, la banda sonora y el peinado de Audrey Tautou. Y vale, he escogido este tema porque ayer me vi la película y todavía estoy bajo sus efectos. Y sí, aunque parezca imposible, fue la primera vez que la vi —a pesar de llevar usando meses sus canciones como tono de despertador—.

Comprobé —después de un exaustivo estudio… que he hecho con mi familia— que esta película está hecha para todos los gustos: hay gente a la que le transmite mucho —me incluyo— y otras a las que simplemente les aburre, se levanta y se van para continuar con sus vidas —aprovecho para saludar a mi hermano… ¡hola, Javier!—.

Amelie es una película llena de momentos curiosos y que no hay que quedarse tan solo en lo visto, sino darle una visión y una interpretación propia, como haría cualquier soñador. Porque Amelie es un canto a la creatividad y a los soñadores empedernidos que andan sueltos por el mundo, y cuya virtud en ocasiones puede convertirse en un inconveniente para su vida diaria. Amelie es una película compuesta por pequeñas piezas que conforme van pasando los minutos van encajando cual rompecabezas, cuya construcción va dejando sonrisas a diestro y siniestro entre los espectadores.

Destacar, como he dicho anteriormente por encima, la escenografía y la banda sonora. El arte de la película es un dulce, con tonos rojos y burdeos, caracterizaciones excéntricas y decorados de ensueño —¿a quién no le gustaría tener una habitación como la de la señorita Amelie Poulain?— y personajes variopintos, pero a su vez con gran parte humana. ¿Y qué me dicen de la banda sonora? ¿Cada vez que la escuchan no los traslada directamente a una calle del más puro París?

Y para despedirme de este artículo —que sin quererlo ni beberlo se ha tornado en crítica— me despido con un favor: si encuentran alguna vez el cuadro del Señor Perro y la Señora Pata de la habitación de Amelie, por favor, hagánmelo saber. Los quiero.

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